
Llegué a Runia para tomarme un tiempo de descanso, visitar algún museo, bañarme en la playa, tomar el sol; después del intenso trabajo que me había ocupado la realización de mi tesis.
Dos años abstraida por completo del resto del mundo. Dos años lejos de pensar en cualquier relación sentimental, de viajar, de salir de compras…
Mirando a los hombres como simples compañeros y amigos, lejos de cualquier cosa que pudiese distraerme en mi objetivo de poner fin a la tesis que me sirviese para después del doctorado, y compaginándolo con mi formación secreta.
Ahora estaba abierta a vivir lo que se había quedado en el camino, ahora de pronto mi mirada pendía de la suya en un instante mágico que no quería que acabase.
-Has dicho que te vas,¿tienes tiempo para ir a comer algo, juntos?-me dijo sin dejar de mirarnos.- Tan solo necesito quince minutos para darme una ducha y cambiar de ropa.¿Qué dices?
-Claro, sí, tengo tiempo.-tenía todo el tiempo del mundo, había sacado el billete de vuelta porque ya había recorrido Runia por todos los rincones.
-Bien entonces nos vemos en recepción. Quince minutos, tan sólo tardo quince minutos. Mi nombre es Jean, estoy en la habitación 9.
-De acuerdo en recepción, sí quince minutos.-le sonreí mientras el subía las escaleras de dos en dos sin dejar de mirarme.
Yo también subí las escaleras de dos en dos cuando había perdido de vista a Jean.
Necesitaba arreglarme un poco, era una locura quedar con él sin conocerle, pero no me importaba nada en esos momentos. Nada.
Me descalcé con los mismos pies, lanzando los zapatos debajo de la cama, me quité la camisa y me puse una camiseta de rayas azules…
Su habitación era la 9.
Su habitación era la 9 y estaba al otro extremo del pasillo.
Seguía lloviendo y tronando, el sonido se colaba por la abertura de la ventana rota, tenía que llamar a recepción para avisar.
Abrí la puerta de mi habitación y miré al fondo, tan solo nos separaban unos metros.
Sonó el teléfono y corrí a contestar. Descolgué el auricular y ahí estaba mi hermana con su risa sonora y hablando sin parar de sus niñas, contándome lo mucho que corretean ya por toda la casa y lo mucho que recuerda cuando nosotras éramos pequeñas como ellas:
-La genética Julia, es la genética, ¿qué tal estás?, ¿cómo te va?, cuéntame…
-Me alegra oirte, estoy bien. Esta ciudad es muy bonita, además la playa está cerca del hotel, he ido a diario a bañarme. Por fin he podido desconectar de todo.- Le conté en un momento en que ella cogía aire para seguir con sus cosas, pues es de ese tipo de personas que te cuenta todo y casi no te dejan hablar.
De las dos ella es la extrovertida. Es fantástica, siempre está preocupada por todos, siempre está ahí cuando la necesitas.
- Pues nada ya me contarás con más detalle cuando vengas a visitarnos, te prepararé una tarta de chocolate, la haré con las niñas, las encargaré de que la decoren. Inman está podando el jardín me ha dicho que te mande un abrazo telefónico, – se reía y continuaba contándome.
Un momento Covadonga, están llamando a la puerta.- le dije a mi hermana.
Fui a ver quién era y miré el reloj, había pasado más de treinta minutos al teléfono sin darme cuenta.
Ábrí, era Jean.
-Pasa por favor, estoy hablando por teléfono, un segundo y nos vamos.-
Se me había pasado el tiempo volando.
-Muy bien, no hay prisa.
Mientras me despedía de mi hermana, Jean se sentó encima de la cama, estaba rabiosamente guapo.
¡Quién era? Un hombre que no conocía absolutamente de nada estaba ahí en mi habitación.
Se levanto y se acercó a la ventana, miró el desperfecto y trató de arreglarla. Del suelo recogió algo que no pude ver.
Despues introdujo un aquello que recogió y le dió vueltas. La falleba ya no bailaba.
Colgué el teléfono y metí las manos en los bolsillos de la falda, no sabía que hacer con ellas.
-Bueno tendremos que llevarnos un paraguas, con la que está cayendo,¿llevas muchos días por aquí?.- Fue lo promero que se me ocurrió, la verdad es que me pareció la mejor manera de comenzar a poner un poco de orden a esta situación que me descolocaba.
-Llevo cuatro días, sí. conozco algunos sitios donde tienen buena mesa.- me decía mientras con aire de curiosidad observaba toda la estancia.
Ahora estábamos en medio de la habitación; es bastante más alto que yo y los zapatos de tacón los tenía debajo de la cama. Que horror, me avergonzaba tener que agacharme a buscarlos.
Disimuladamente le miré; llevaba unos vaqueros y una camiseta deportiva negra.
Estaba descalza haciendo tiempo de un lado al otro para no sé qué, mientras me ponía un par de pulseras, ya había decidido no arrodillarme a coger los zapatos.
Así que abrí la cómoda donde guardaba aún el resto de calzado y lo que mejor me combinaba eran las francesitas azules.
-Podemos irnos, ya estoy lista. Siento que hayas tenido que esperar, siempre que hablo con mi hermana me lío.
-¿Qué te trajo aquí?.-me preguntó mientras salíamos ya al pasillo.
La conversación de camino al restaurante que el decidió llevarme estaba siendo agradable; el paraguas pequeño…