Conduciendo como una loca, con la música muy alta y fumando sin parar. Cantando cada uno de lo temas del único cd que llevaba el discman y que se repetía una y otra vez. De vez en cuando bajaba la ventanilla para que se escapase la gran nube de humo que se iba formando con la suma de una calada tras otra de los cigarrillos rubios que fumaba hasta el filtro en el trayecto que me separaba de mi casa a casa de Alex.Hacía meses que no nos veíamos.
Estaba muy excitada de pensar en su imponente físico, su mirada dulce y gris, su voz penetrante…
Acababa de llegar de Birmania y me había traido un regalo; eso fue lo que me dijo por teléfono.
Me di cuenta llegando a casa de Alex que ni tan siquiera me había puesto una braguita. Este hombre hace que pierda la cabeza, me agita, me seduce, me inquieta tanto que parece un sueño, pues además viene y va como los sueños. Hoy está aquí en Madrid y mañana en la China comiéndose sushi.
Se abrió el portón sin haber llamado y mientras buscaba en mi bolso un par de chicles y atusaba un poco mi cabello rebelde Alex ya caminaba hacía mi. Sus piernas atléticas y arqueadas daban pasos en dirección a mi…
Tomé un trago largo de agua que quedaba en el botellin que estaba olvidado de quién sabe qué día en el asiento de al lado. De tanto fumar mi olor parecía el de un cenicero, Alex tan deportista y sano nunca comprende que me fume un paquete y medio a diario. Tan solo cuando salgo con él fumo bastante menos, sin llegar a terminar una cajetilla, todo un triunfo.
Pasé la lengua por mis labios y los mordisqueé un poco para enrojecerlos, ya masticaba un chicle de menta que enmascararía ese olor del tabaco por si Alex me besaba.
La última vez que estuvimos juntos, habíamos discutido por mi culpa.
Me abrió la puerta del coche.
-Dana tenía ganas de verte, ¿cómo está la carretera, mucho tráfico?.- me pasó el brazo rodeándome los hombros y apretándome contra el.
Giré mi cabeza buscando su mirada, sus labios. Alex deslizó su mano lentamente por mi espalda y siguió bajando hasta llegar a mi muslo, me lo apretó con su grande y fuerte mano y me dió un azoté excitante.
Me quité los playeros encima del felpudo de la entrada y allí se quedaron. Posé mi bolso sobre el sofá del salón, la música de Debussy sonaba y una lámpara que había traido Alex de su viaje a Venecia iluminaba ténuemente la acogedora estancia.
Alex me da paz, su manera de ser tan libre y sereno hace que me sienta la mujer más dichosa del universo.
Me fui a la cocina detrás de él. Estaba preparando un miniágape, así celebraríamos su regreso después de dos meses fuera viviendo día tras día, una y otra aventura.
Descorché una botella de vino del Duero, llené hasta la mitad cada una de las copas y brindamos.
Perderme en sus ojos es lo más maravilloso de mi vida y hacer el amor con el lo más placentero e impúdico.
Me domina como ningún otro hombre ha sabido hacer follándome, hasta dejarme exhausta, desmayada…