Archivar paraJunio, 2007

Mis límites en añicos

lmitenañicos

Recordé los dos últimos tragos de wisky desdeñados la noche pasada. Vaso de fino cristal de bohemia medio vacío del líquido dorado pero lleno de huellas de carmín alrededor de todo su borde, huellas de mis surcos digitales que en un continúo llenado y vuelta a tomar imprimí en su diáfana y transparente finura. En ese vaso mi soledad, mi tormento ahogado en alcohol, mi desesperación y lucha por seguir siendo la misma de siempre; porque el abandono de mi amado no hiciese añicos mi ternura, mi sensibilidad…

Temblorosa, tomé el vaso, sumida en mi submundo, rodeada de fantasmas, sin sonrisa, asqueada de estos últimos días. Vacilante caminé hacía mi habitación en medio del gran desorden. Sonó el teléfono, me dejé caer de espaldas sobre las sábanas arrugadas, con el peso muerto de mi cuerpo, seguía sonando el teléfono; no me apetecía hablar con nadie, no quería escuchar preguntas, aunque necesitaba estar acompañada, no estar sola, sentir calidez, no alejarme más como estaba haciendo de la vida. Confusa puse mi mano sobre el auricular, el teléfono vibraba con cada sonoro tono, no dejaba de sonar y en cada uno de esos tonos sentía mi fragilidad, como la del cristal del vaso ahora vacío que sujetaba aún con mi otra mano.

Era insistente, ¿quién necesitaba de mi voz?, sentí un mareo al ladear mi cabeza para mirar al teléfono negro que no cesaba de sonar, la curiosidad aún no adormecida por tantos grados de alcohol galopando por mis venas, me llevaron a descolgar y entonces escuché su voz:

-Hola…te pasaré a recoger, vístete muy zorrona para mí…-Su voz profunda y viril me enardeció por completo.

-Te espero-colgué el auricular y miré hacia el techo, respiré profundamente, los lobos aullaban en mi cabeza como en una noche de luna llena lo hacen.

 

El agua de la ducha no limpiaba mi interior, seguía intacto como antes de que las gotas resbalasen por las curvas de mi piel cada día mas ligeras, menos onduladas; apenas comía, la bebida ocupaba ese lugar también ahora en mí.

Mis labios exageradamente encarnados, mis medias de red negras sujetas por mi liguero rojo, como mi tanga como mi sostén y la minifalda rubí con la finísima camiseta de licra a juego con mis medias. Mis vertiginosos zapatos de charol carmesí, mis pestañas pintadas con una gruesa capa de rimel que alargaban la expresión de mi mirada vidriosa, nubarrada, atormentada, sin ilusiones ni preferencias, sin rumbo ni concierto.

Una mano suya tomó una mía con fuerza y me guió como los días pasados lo ha estado haciendo en busca del vicio y la perversión que acentúa mi tormento y al tiempo me eleva a los altares de este infierno en el que vivo perdida, extraviada, privada del amor…

El asiento de cuero de su Harley estaba frio, de haber sabido que vendría a buscarme en su moto hubiese puesto unas mayas en vez de minifalda, pero me dijo que eso le gustaba más , que mis muslos fueran medio visibles por todo el mundo le excitaba. Apoyé mis pechos sobre su espalda, pasé mis brazos bajo sus axilas y extendí las palmas de mis manos sobre su cazadora de cuero negro a la altura de su torso.

Condujo con maestría, zizagueaba con mucho dominio entre los coches de la ciudad alejándonos cada vez más del centro de la misma.

El extrarradio peligroso, lleno de fulanas y traficantes de ladrones y vagabundos de inmundicia y detritus…

-¡Bájate!, paséate, insinuante junto a las rameras, quiero ver como te transformas en una de ellas…

Necesitaba un trago, salir gritando y corriendo para desvelar la parálisis que me hundía en el fango más y más y no podía controlar.

Tambaleé sobre mis tacones , mis piernas se doblaron y caí de rodillas al suelo, llevé las manos a mi cara y ví entre mis dedos sus botas altas y polvorientas de motorista, elevé lentamente la mirada recorriendo con ella su traje de cuero, me detuve a la altura de su miembro y su mano me acercó una petaca plateada. Rápidamente la cogí y la llevé a mis labios y tomé de ella, mi garganta y mi esófago ardían con el largo trago. Tuvo que quitármela pues me hubiese tomado todo, sin dejar ni gota.

-Anda, ve y demuestráme lo que sabes hacer princesita.

Me ayudó a ponerme en pie, me rodeó con sus brazos y un susurro que no entendí escuché como si lejano hubiera sido dicho pues ida estaba de la realidad, oculta entre barrotes de lujuria y lascivia, queriendo complacer a éste hombre que no conocía apenas pero me atrapaba como un cóndor a su sustento atrapa.

Me reí a carcajadas mientras me acercaba a las prostitutas que estaban apostadas esperando clientes que llegaban sin cesar uno tras otros en sus coches a ésta cloaca, a éste suburbio; acercándose a las chicas semidesnudas de todas las razas y colores que allí hacían su turno adornadas de cadenas y pelucas, de tatuajes y miseria de cicatrices de un destino que no esperaron enconcontrar y sin embargo hallaron. Cuanto más me acercaba a éstas trabajadoras del placer más meretriz me sentía.

De vez en cuando buscaba la mirada de Scott, que seguía apoyado en su flamante Harley observando mis movimientos y entonces era princesita de cabellos dorados que movía el culito para deterne el reloj y que sus horas conmigo fuesen, siguiesen siendo segundos cada vez que estuviesemos juntos.

Escuché unos pasos tras de mí, y alguien puso su mano sobre mí hombro desnudo.

Me puse nerviosa. La noche y el lugar, aquel tipo tocando mi piel y preguntándome el precio de un polvo rápido y salvaje me puso al instante histérica.

-¡Déjame tranquila!, mira donde están las furcias.

Señalé hacía las chicas de las esquina, el olor que recibí del aliento cercano de ese hombre me dío arcadas.

-Golfa, ¿te crees mejor qué ellas?.-Su mirada estaba tan perdida como la mía, le empujé y se tambaleó, blasfemó pero me dejó en paz.

Un coche redujo su marcha, acompañando mis pasos a los largo de la acera por la que caminaba haciendo eses.

-Nena, ven, acércate.- Era muy delgado, una de sus manos cogia el volante, al acercarme sus dedos largos se medio introdujeron por el borde da la cinturilla de la minifalda que ajustada marcaba mi monte de venus y mis nalgas. No muy lejos la silueta velada de Scott fumándose un cigarrillo me recordaba sus deseos….

-¿Qué quieres?-Temblaba mi voz

-Quiero que me hagas una mamada deliciosa, ¿Cuánto cobras por una mamada?

Desconocía el precio de tal servicio ultrajante y vejatorio, temblaba todo mi cuerpo, estaba muerta de miedo, pero necesitaba continuar.

-Veinte euros.

El tipo soltó una carcajada y tiró de mi falda hacía la puerta del coche.

-Sube gata,busquemos un sitio discreto.- Me soltó la falda, sus uñas rozaron mi abdomen.

Miré como algunas de las fulanas clavaban sus ojos en mí y a continuación escuché el rugir del escape de la Harley, Scott estaba montado en ella, se ponía los guantes. Confiaba que no me perderia de vista en ningún momento, las anteriores experiencias me daban alas para pensar eso, me encomendaba pues a su protección.Me excitaba mucho saber que esta situación le pusiera muy caliente.

En los asientos traseros ví un casco blanco de los que usan los obreros y de una bolsa de plástico sobresalían un par botellas de vino, el coche olía a alquitran, aquel tipo acercó su mano derecha a mis piernas nada más sentarme, miré el retrovisor y las luces de los focos de la moto se reflejaban en el.

Aquellas dos botellas eran mi objetivo.

-Te gusta el vino por lo que veo…-dije mirando hacía atrás.

No pregunté dónde me llevaba, estaba aterrada y relativamente el último trago de la petaca reducía sus efectos con el paso de las horas en mi mente, así que necesitaba sumergirme de nuevo en el halo maldito del alcohol.

Quebrantada y desesperada.

-¿Nos tomamos un trago juntos?.- Sonreí cínicamente.

-Si, es un regalo que me han hecho, pero gata no te desvies de lo que quiero…

Me asqueaba, me repugnaba estar allí metida.

Llegamos a un parque y después de hablarlo salimos del coche, puse la excusa de que tenía algo de claustrofobia, no parecía mal tipo, pero la simple idea de mamársela me asqueaba.

No estaba sola, pues Scott siguió mis pasos en todo momento, le vi entre los árboles, justo detrás de donde estaba con aquel enjuto y demacrado hombre que solicitaba poseer mi boca por un billete de 20 euros.

Cogio uno de mis pechos con sus prolongados dedos, le aparté la mano y le dí la botella.

-Ábrela, tomemos un trago.

-¿Tienes mucha sed nena?Yo te daré de beber, estoy muy caliente, ¿sabes? Así que puedes ir poniéndote manos a la obra, mientras yo te abro la botellita, vamos cariño, que empiece la juerga.

Solo de pensarlo notaba la bilis ascendiendo hasta mi garganta.

Scott estaba allí presenciándolo todo, veía su sombra y le notaba.

Descorchó al fin la botella y se la quité de las manos, tomé con ansia todo cuanto mi respiración me permitió, al segundo volaba como un lechuza.

Entonces perdí el control y le bajé hasta los tobillos el pantalón y el calzoncillo, estaba muy empalmado, senti arcadas y asco mucho asco, entonces me metió su falo en la boca. Me sentía muy sucia, mas buscona que ninguna otra de las que había en aquella esquina hacía minutos, minutos interminables.

-¡Sí! nena, ¡síiii! vamos gata, chúpamela, vamos nena…

Aquellas palabras retumbaban, me sentí muy puta, concubina, manceba.

Se agitaba hacia delante y hacia atrás introduciéndo su carne dura en mi boca y sacándola, me aborrecia a mi misma.

Sentí difuso un líquido resbalando por la comisura de mi boca.

No entendía muy bien sus palabras, todo me daba vueltas, giraban los árboles, rotaban las farolas…

 

Me dolia la cabeza, abrí muy despacio mis ojos y Scott estaba desnudo a mi lado, sobre la cama, en mi casa, mirándome…

Puso su dedo índice sobre sus labios:

- Shuuussss…, no digas nada…, shussssss…, descansa…

Su voz, su ternura, su presencia.

Ahora posaba su dedo sobre mis labios, y yo lo besé…

                                          No sabía si había tenido un mal sueño.

Caricias de mujer I

AlexAfrika

Me fui a un agencia de modelos de alquiler, una cuantas chicas desfilaron delante de mí sobre una pasarela azul en una habitación de luz ténue y cálidos destellos de colores. A Alex le fascinan las mujeres asiáticas , así que principalmente solo me fijaba en ellas. Entre todas, una china muy delgadita de pelo largo lacio y ojos muy rasgados con una encantadora sonrisa y bonitas piernas, caminaba con aire misterioso y sensual; fue quién produjo en mí admiración y el suficiente morbo como para ser la elegida para la sorpresa que quería darle a Alex a su regreso de Africa.

Salimos de allí juntas quemando rueda en mi M3 negro nuevo.Las luces pasaban rápidamente, ibamos a toda velocidad adelantando a los pocos automóviles que se cruzaban en nuestro camino, a 200km/h, incluso en la carretera comarcal íba pisando el acelerador casi a tope, disfrutando de la velocidad y el riesgo que ello implica y mirando de vez en cuando la que sería el regalito perfecto para mi chico. La carretera estaba despejada de tráfico así que pronto estábamos en la casita que tengo a las afueras de la ciudad, por el camino le fui contado a Yuwan mis planes para esta noche, quería sorprenderlo como el hace tantas veces conmigo.

La de cosas que se me pasaban por la cabeza, cada vez que la miraba. Las mujeres no me gustan pero esta noche quería cerrar los ojos y disfrutar de las caricias de esa sexy oriental. Nunca antes había follado con alguien de mi género, pero quería hacer los sueños de Alex realidad y alejarle por un tiempo de la nostalgia de Africa que seguro le rondaria todo el tiempo en su cabeza, pues como siempre en cada regreso, los dos primeros días parece seguir en el lugar de donde ha vuelto. Me había dicho muchísimas veces que nada le gustaría tanto como verme disfrutar con las caricias de otra mujer y no encontré mejor recibimiento que ese, ya era hora de complacerle en uno de sus más íntimos deseos. La experiencia que yo había tenido con el y con nuestro amigo Jon me había abierto los ojos, pues aquella tarde fue maravillosamente tórrida teniéndoles a los dos para mí.

Dejé a Yuwan en casa para que se fuese preparando y me fui al Aeropuerto a buscar a mi gran viajero. Deseaba ver que aspecto traía; se transforma en cada país que conoce, se mimetiza con sus gentes. Las ruedas chirriaron sobre la gravilla suelta y el M3 culeó, así fuertemente el volante y lo enderecé. Me gusta comportarme como una niña caprichosa, haciendo siempre lo prohibido, riéndome de la vida.

Puse la música a todo volumen, el avión en el que Alex llegaba, se cruzó en el autopista más o menos a 300 metros de altura sobre mí, el corazón me latía fuerte.