-La distancia no me separa de amarte Jon, tan solo son dos meses.-Mentí como una gran actriz lo hace interpretando su mejor papel, hacía tiempo que no le amaba…
- Sí, es tu gran oportunidad para darte a conocer, las galerias arte donde expondrás se abarrotaran de gente y cuando regreses tendrás mil cosas que contarme. Se pasará lento sin ti el tiempo. Te amo Elda…
No fingí lágrimas al despedirme, simplemente no se derramaron y si alguna hubiese rodado por mis mejillas, mi alma las habría expulsado de felicidad que es lo que sentí desde que recibí la noticia de exponer mis cuadros en tres de las más prestigiosas salas de Taiwan. No hubo lágrimas.
Me encanta viajar, ir de aquí para allá con lo mínimo en la maleta, conociendo gente nueva que rompa la monotonía, el aburrimiento que me produce el mismo sonido del despertador todas las noches, las mismas palabras dichas de igual o diferente manera por las mismas personas que se acomodan a una vida establecida y que también quieren que los demás así lo vivan, sin mirar en el interior de los ojos que les ven, sin mirar más allá y sin darse cuenta que la vida es en cada segundo un lienzo nuevo que colorear, un espacio para mover nuestros cuerpos de otra manera que no sean las de ayer, que no sean las de… ¿hace un segundo?
Madrid me quedaba lejano y acababa de llegar a Taiwan, había dejado atrás todo al posar los pies cuando bajé del avión, todo lo vivido, como una serpiente muda su piel, quería sentir intensamente lo que se me presentara.
Alcé la mano para indicarle al taxista que le necesitaba, enseguida se acercó.
No entendía casi nada de lo que me decía, dos meses de clases no era demasiado para desenvolverme con soltura con el idioma. Le indiqué la dirección de mi apartamento durante el tiempo que iba a pasar en esa gran ciudad.
Carteles luminosos y altos rascacielos; quise hacer mis primeras fotografías desde el interior del taxi para tener más vivo recuerdo de mi llegada y compartirlas con mi gran amigo Ramiro.
No sé las vueltas que me dió de más aquel taxista antes de llegar a mi destino, pues en principio me parecían todas las calles iguales hasta que me percaté que volvíamos a pasar de nuevo por la misma avenida; enfurecida le increpé para que se diera cuenta que sabía que trataba de timarme.
Me señaló un altísimo edificio, estaba asombrada de la altura que alcanzan. Había llegado a mi domicilio. Llamé al portero y rápidamente pude ver a través de la cristalera un chico que abrió la puerta y me dijo:
-¿Qué tal? ¿Te ayudo?.-Sus labios carnosos y húmedos brillaban al igual que sus ojos rasgados de profunda mirada, su pelo lacio y negro como el azabache hacía de el un hombre cautivador.
-No hace falta, gracias.
Seis ascensores; entre todos busqué el que me subiria al piso diecinueve, a mi apartamento, estaba deseando llegar para tirarme sobre la cama a descansar, estaba agotada de tantas horas de viaje.
Cuando desperté eran las cuatro de la madrugada, tenía sed y estaba hambrienta así que fui a la cocina. Todas las estancias del apartamento eran pequeñas pero la cocina aún lo era más. Los vecinos de enfrente, tenían la luz encendida, yo tenía apagada la mía pues si hay algo que me gusta es caminar a oscuras por la casa, descalza, desnuda…
Abrí uno de los armarios y busqué un vaso, no había ninguno, abrí otro armario y tampoco, así que busqué en otro más, encontré unos cuencos, tomé uno y abrí el grifo y dejé correr el agua unos minutos , una sombra se movió en la cocina del apartamento de enfrente, era el chico que me había encontrado esta tarde en el gran hall de éste alto edificio de apartamentos. Tan solo llevaba un boxer ajustado blanco, su espalda ancha estaba supermarcada, sus piernas también definian sus músculos. Llevaba el pelo mojado, ví que tenía un bol en la mano, al parecer su lavadero estaba justo debajo de la ventana pues ahora me pareció que también estaba cargando agua. Dejó lo que tenía en la mano sobre algún lugar y para mi deleite comenzó a poner posturas frente a su ventana, me alejé hacía el fondo para que en ningún momento descubriese que yo estaba allí observándolo. Llevaba sus manos a su nuca, sus biceps se tensaban, su abdomen se contraía, me excitó mucho verle pero aún más el hecho de que él no supiese que yo le estaba mirando. Continué agazapada en la sombra, entonces el comenzó a mover su cuerpo como si bailase, quizás tenía música puesta aunque yo no escuchaba nada, mi ventana y la suya estaban cerradas. Una oleada de calor invadió de repente mi cuerpo, puse la mano bajo el chorro de agua fresca y con ella mojé mis pechos mientras miraba el sensual y excitante baile de mi vecino. Me estaba excitando muchísimo, sus movimientos eran totalmente de libertad con una coordinación extraordinaria, queria que las ventanas no existiesen, que se desdibujasen, que su cocina fuese la mía que sintiese el mismo arrebato pasional que me calentaba la piel de tan solo mirarle.
Su baile me estaba volviendo loca y mis manos acariciaban mi piel con suavidad mientras no le quitaba ojo; acariciaba mis nalgas, las dos al mismo tiempo hasta llegar a mi cadera y continué con la punta de mis dedos deslizándolos hacia mi ombligo, mi abdomen subiendo hasta llegar a mis pezones duros, pellizcándolos, acaricié mi cuello, deseaba follar, estaba muy caliente y él parecía estar solo.
Fui a la entrada de la cocina y busqué a tientas el interruptor de la luz, sin dudarlo ni un instante más lo pulsé y miré rápidamente hacía la ventana de la cocina de mi vecino para no perder detalle de sus expresiones.Su reacción fue una sorpresa muy grata que me produjo mucho morbo.
Siguió meciendo su cuerpo frente al cristal, me sonrió e hizo un guiño; yo entonces me subí a la encimera, mis pechos notaron el frio cristal, mi piel se estremeció.