Archivar paraOctubre, 2007

El fulgor de las olas

acantilado 

Necesitaba reflexionar , no me lo pensé mucho,  ya subida en el coche, en vez de ir directamente a casa después de mi jornada laboral, tomé el camino que me llevaría a uno de mis lugares preferidos.

Mi piel estaba cálida a pesar del intenso viento  que azotaba  en el acantilado.

Fui a contemplar el océano desde el lugar más alto y al mirar hacia abajo para ver como  las olas chocaban contra la gran muralla de piedra me produjo vértigo que recorrió toda mi columna vertebral haciéndome estremecer; pero no me separé del borde, me cogí con fuerza y ví como se formaba la espuma blanca en cada embestida con  que el mar azotó las inmensas olas.

Cuando dejé de notar aquella sensación de riesgo al filo del precipicio, me senté en la pradera allí mismo. Saqué de mi pequeña bolsa de viaje la manta de lana verde, un pequeño telescopio y el trípode  que siempre llevo conmigo.

 Estaba sola en aquel hermoso lugar, el restaurante cercano a la playa estaba cerrado, el puesto de socorro con las persianas bajadas. A lo lejos ya se dislumbraba bien la luz del faro.

 Dejé todo allí y bajé a pasear por la  playa, la arena estaba húmeda, me acerqué a el mar, retrocediendo cada vez que las olas galopaban hacia mis pies descalzos y helados,  cuando comenzó a oscurecer subí de nuevo al acantilado, me  acosté sobre la manta mirando las estrellas, para disfrutar del  sonido del mar…

Perdí la noción del tiempo, el frío calaba mis huesos pero me sentía viciosa así que llamé a Scott y como siempre con pocas palabras el encuentro ya estaba fijado, allí mismo.

Cuando las luces de su  Harley irrumpieron me volví felina.

Se acercaba a mí con un paso firme y seguro, con el casco en su mano izquierda, su figura me volvió loca, así que comencé a desnudarme, ansiosa. Mis pezones estaban muy duros, mi piel estaba erizada pero no sentía frío, estaba muy excitada muy húmeda. Me cogió por la muñeca y me giró bruscamente pero sin hacerme daño. Su traje de cuero se pegó a mi piel, a mi espalda, a mis nalgas. Con mi mano libre le desabotoné el pantalón y como pude mientras él me mordisqueaba el cuello le bajé el boxer lo suficiente como  para coger entre mis dedos su pene erguido y caliente. Me separó las piernas con sus botas altas de piel negra, y me inclinó con una suave presión de su mano en mi espalda.

-He esperado este momento con ansiedad Scott, soy tuya. Haz de mi lo que quieras.- Le dije mirándole a los labios.

 Deslizó su pene entre mis labios de arriba a abajo y me llenó por completó al segundo de pronunciar aquellas palabras;  gemí exageradamente, allí nadie nos podía escuchar y aunque así fuese tampoco me hubiese importado. Segía sujetandome la muñeca y  soltó el casco que cayó al suelo, dejando su otra mano libre con la que me cogió la cadera, clavando sus dedos en mi piel.

Entonces me folló  compulsivamente, su polla  durísima se movía de un lado a otro en mí, me soltó la cadera y acarició mis pechos inclinando su cuerpo sobre el mío, sin soltar mi muñeca, susurrándome que yo era su zorrita viciosa y esas palabras lejos de aplacar mi excitación, me encendían más…

El murmullo de las olas nos mecía ahora disminuyendo el frenético ritmo haciéndolo muy placentero y tranquilo. Nos tumbamos sobre la manta. Scott dibujó con su lengua en mi piel aves de paso, pues de alguna manera eso es lo que somos él y yo.

Follamos hasta saciarnos y al amanecer, con los primeros rayos de sol nos bañamos, en las cristalinas aguas.